LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO


(Basado en escritos de la Sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida)

"Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy,
no vendrá a vosotros el Paráclito..." Jn. 16,7.


El Espíritu Santo realiza su actividad en la vida espiritual del hombre.  Se inicia en las almas con suavísimos toques y si ellas responden y se prestan a su acción transformadora, El no descansa hasta calcar la fisonomía de Jesús en ellas por medio de las virtudes.

Su gusto es presentar al Padre la imagen de Cristo grabada en las almas con más o menos perfección según su correspondencia.

Solo el Espíritu Santo transforma, regenera y hermosea y llena de gracias a las almas, no solo fotografiando en ellas a Jesús, sino transformándolas en El. 

ESENCIA DE LOS DONES DEL ESPIRITU SANTO

 "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios" Rm. 8,14.

 Los dones son regalos del Espíritu Santo cuyo ser es darse y comunicarse en el orden de la fecundación eterna. Constituyen una palanca que elevan al hombre de la tierra facilitándole el cielo.

 Cada don encierra todas las virtudes, son como su sello. 

Para recibir y conservar los dones del Espíritu Santo son indispensables la fidelidad, la humildad y la pobreza espiritual. Cada don es un dote que el Espíritu Santo obsequia al alma que va a ser suya. 

El alma que recibe los dones del Espíritu Santo, no los puede comunicar, ya que el don es de quien lo recibe: El Espíritu Santo.  Lo que sí puede comunicar son las virtudes y los frutos que de ellos proceden.

 ¡Felices las almas que por sus virtudes se hacen dignas de que el Espíritu Santo descienda a ellas con sus tesoros eternos; pueden decir que han comenzado el cielo en la tierra!


  • DON DE SABIDURIA                                                                                 

 "Predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para los llamados, lo mismo judíos, que griegos un Cristo fuerza de Dios y Sabiduría de Dios..." (1Cor. 1, 23-24)

 La sabiduría es una luz sobrenatural, con la cual el alma conoce los secretos divinos en orden a la gracia y al espíritu.

 Nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas y en medio de nuestro trabajo y de nuestras obligaciones.

 El don de la sabiduría arranca a las almas de las cosas terrenas y las traslada al campo fecundísimo de lo espiritual y divino.

 Por medio de este el alma puede descubrir y diferenciar lo bueno de lo malo, lo de Dios de lo que no es de El.

 Además se conoce a Dios y las cosas Divinas por una íntima y dulce experiencia da amor, nos da un sabor, un gusto de las cosas divinas y por este gusto llegamos a despreciar las satisfacciones humanas.

Este don nos hace conocer los tesoros del dolor y nos hace sentir un vivísimo deseo de él.

 En los altos grados de Sabiduría las almas viven ya una vida celestial en donde gustan las delicias del Amado.  Como decía San Bernardo:

 "Cuando escribes tu relato no tiene para mi ningún sabor, si no está allí el nombre de Jesús.  Una conferencia o una conversación no me agrada, si no escuchan mis oídos el nombre de Jesús.  Jesús es miel a los labios, melodía a los oídos, júbilo al corazón." Todo lo veía en relación con Dios, todo lo veía con relación al cielo. 

Esas almas comienzan a  contemplar desde esta vida algo de Dios, miran todas las cosas con los ojos del Amado, y contemplan el universo desde la excelsa atalaya de la Divinidad. 

¡Dichosa el alma que posee este don riquísimo de la sabiduría santa! ella lleva dentro de sí misma la intuición de abrazarse de todo bien, de toda cruz y huir de todo mal, es decir, de todo lo que pudiera alejarla de Dios, su centro y su única felicidad..."


  •   DON DE ENTENDIMIENTO                                                                       

 "Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se cobija en El.." (salmo 33,9)

 El don de entendimiento es un impulso constante e instintivo que comunica el Espíritu Santo para todo lo recto, ordenado y santo. Es una virtud que arrastra al hombre con una secreta virtud hacia Dios.

 Nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe, y nos hace comprender lo relativo a nuestras acciones, a las obras de amor y de caridad que tenemos que practicar para alcanzar la vida eterna.

 En el entendimiento imprime el Espíritu Santo las verdades eternas y ante él, descubre la Divinidad sus insondables misterios.  Comunica a la voluntad sus impresiones, la mueve y la hace que ame a lo único que es digno de todo amor:  A su Dios y Señor.  Hace al alma internarse en el conocimiento de Dios y en el conocimiento propio, dándole la humildad. 

Lleva consigo gran parte de la contemplación y de la oración y en él se produce la meditación que tanto bien trae al alma. 

Es don de santos, porque con este don el alma que lo posee no puede perderse.  En este don se encuentra el hambre insaciable de lo divino. 

¡Feliz y mil veces feliz el alma que tan inconcebible gracia consigo!  Jamás será capaz de comprenderla de apreciarla en todo su valor y de agradecerla.


  • DON DE CIENCIA                                                                                      

 “De la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega por analogía a contemplar a su Autor...” Sabiduría 13,5. 

Nos lleva a juzgar con rectitud las cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a Él.

El don de la ciencia enseña la verdad y en ella la humildad.  El alma que tiene en su plenitud el don de ciencia, no puede ser soberbia.  Por más que este capital enemigo la rodee, siempre se estrella con la humildad iluminada con la verdad. 

El distinguir los movimientos de la naturaleza y de la gracia en el alma propia y en la de otros, es la ciencia que procede de Dios, traducida en don para la creatura. 

El don de ciencia no lo da le Espíritu Santo en los libros, sino en el conocimiento claro de lo sobrenatural y divino, por medio del trato íntimo, humilde y frecuente con Dios por medio de la oración y de la contemplación. 

¡Feliz el alma que lleva en sí el don santísimo de la ciencia de los justos! ella puede recibir sin bambolearse en la humildad, los tesoros de gracias y virtudes quedándose solamente con su nada y miseria, devolviéndole a Dios lo que es suyo”.
  •  DON DE CONSEJO                                                                                   

“Yo dije: ¿Qué he de hacer Señor? y el Señor me respondió: Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá lo que está establecido que hagas...” (Hechos 22,10) 

Nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás. 

Por este Don el Espíritu Santo nos comunica lo que debemos hacer en cada momento de nuestra vida, como si nos asomáramos a la Mente divina y allí, en aquel espejo espléndido y celestial, viéramos la clave de nuestras acciones, la norma conforme a la cual debemos disponer nuestros actos.  Nos revela la voluntad de Dios de una manera intuitiva. 

Toda persona que tenga a su cargo almas, sea en la Iglesia, en la religión o en el mundo, debe hacerse digna en cuanto le sea posible de este don altísimo del consejo, pues sin él, mal puede ejercitar su cargo debida y santamente. 

El don del consejo tiene su asiento en el alma que ora, que ama y se sacrifica.  Solamente a los oídos dispuestos, hace escuchar el Espíritu Santo sus consejos e inspiraciones. 

Se necesita la pureza y la paz del alma, el silencio y el recogimiento del corazón y la estancia oculta del sacrificio amoroso, dentro de la cual El habla y se comunica. 

¡Dichosa el alma que recibe este don cooperando con sus virtudes y sacrificios! ella dará mucha gloria a Dios y su recompensa será eterna..!
  • DON DE PIEDAD                                                                                       

 “La prueba de que sois hijos, es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abba, Padre! (Gal 4,6) 

El don de piedad es un tendimiento  santo y purísimo hacia todo lo que lleve a Dios rectamente.  Lleva consigo el amor de Dios y el amor del prójimo en grado eminente y por ambos amores el alma se sacrifica. Nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre, es decir desarrolla en nosotros ese afecto filial a Dios.  Nos lleva a honrar a Dios no por lo que nos da, no por lo que hemos recibido ni esperamos recibir; sino por El, porque es nuestro Padre, porque nosotros nos extasiamos ante su grandeza y ante su gloria.  Nos inspira sentimientos de confianza y nos mueve a entregarnos a Él. 

Este Don unifica de una manera admirable, en un principio altísimo, todas las relaciones que tenemos con los demás y las guía, y las hace más profundas y perfectas. 

 La verdadera piedad esté en el corazón y no en los actos exteriores , estos sólo deben ser las manifestaciones de aquella.  El alma piadosa huye de todo lo que pueda encumbrarla y causarle alabanza.  Busca el ocultamiento  de las almas puras y sacrificadas para morar ahí y hacer su nido.  Ahí dentro de la profundísima humildad de un corazón puro y sacrificado, brilla y se desarrolla sin obstáculos, sacrificándolo. 

Este don destierra del alma todos los vicios: la envidia, la murmuración y la venganza. Para con el prójimo este don brinda perdón y todas las obras de misericordia.   

Es el don que logra unir las dos voluntades: la del hombre con la de Dios.


  • DON DE FORTALEZA                                                                                

”El Reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo conquistan...” Mateo 11,12

 Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios. 

El don de fortaleza lo da el Espíritu Santo solamente a las almas que saben luchar contra el mayor enemigo de sí mismas que es el propio yo.  Si no hubiera otro enemigo en la vida humana, el hombre se bastaría a sí mismo, pues su principal enemigo es su propia persona. 

Parece que el Espíritu Santo debiera regalar este don a las almas débiles, y al contrario, lo otorga solamente a las esforzadas, porque si lo diera a las almas débiles les haría un daño, y el Espíritu Santo es la fuente perenne de todo bien.  La fortaleza sostiene y ayuda a la lucha, al sacrificio, a la entereza, al perdón y a todas las virtudes guerreras. Sostiene el alma fatigada, cansada y casi rendida de la pelea.

 En la oración de Jesús en el huerto, esta Fortaleza Divina acudió a su socorro. Este don en María brilló de una manera admirable al pie de la cruz. 

Este don es tan grande y encumbrado, que alcanza para el alma la perseverancia final y con ella el cielo.  El alma que lo posee es inquebrantable porque una fuerza sobrenatural la sostiene. 

A este don lo acompañan las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. 

Por este Don se consuma toda obra, se supera toda dificultad, se elude todo peligro y se quita esa vacilación, ese temor, esa timidez que son tan propios de la naturaleza humana. 

¡Feliz del alma que lo lleve siempre consigo correspondiendo con su fidelidad a tan singular gracia! ella alabará a Dios por toda una eternidad...


  • DON DE TEMOR DE DIOS                                                                         

“Corona de sabiduría es el temor del Señor, ciencia y conocimiento inteligente hizo llover y la gloria de los que lo poseen exaltó...” Eclesiástico 1,18


Nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer radicalmente separarnos de Aquel a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y de vivir. 

Este santo Temor de Dios no consiste en el miedo que las almas tienen a la justicia divina, sino que rodeada por un profundo amor a su creador, el alma teme cometer u ofender a Dios a quien tanto ama.

 Las virtudes de la limpieza y delicadeza de conciencia, son compañeras de este santo temor de Dios.  Por lo tanto el alma que lo posee teme al pecado. 

Dios teme al pecado porque ama al pecador, por eso el alma debe temerlo y huir de él, porque ama a Dios, no tanto porque lo crucifica haciéndole merecer castigo, sino tan solo por ver ofendido a su Creador, a Su Padre y amorosísimo Redentor. 

Esta debiera ser la pena del pecador, pena sobrenatural, sublime y digna de gracias infinitas, almas que miren con horror al pecado. 

Para el que ama, para aquel en quien un amor profundo se ha enseñorado de todo  su ser, hay un temor que está por encima de todos los temores, la separación del amado, y este temor dirigido por el Espíritu Santo es precisamente lo que viene a constituir el Don de Temor.