Capítulo 21

MARIA EN LA ESPIRITUALIDAD DE LA CRUZ  

Cuando hablamos de las relaciones de la Sma. Trinidad, del Sagrado Corazón, ahora de la Sma. Virgen, luego de la Iglesia y del Espíritu Santo, no pretendemos armar un rompecabezas; sólo queremos que se comprenda que, si hay en la espiritualidad de la Cruz un elemento clave que le da su fisonomía y la vitaliza, hay elementos fundamentales e imprescindibles para que esta espiritualidad sea completa y auténtica. Y uno de esos elementos es la Sma. Virgen. María no puede faltar aquí, como no ha faltado en el plan salvífico de Dios, como Jesús no ha prescindido de ella al realizar nuestra salvación, como no puede haber verdadera vida cristiana, ni espiritual, ni santidad, sin su presencia, su acción y su amor maternal. Jesús nos ha llegado por ella y por ella tenemos que ir a  El como por El vamos al Padre porque “nadie viene al Padre sino por mí” (Jn. 14,6).

Volvemos, pues, ahora nuestra mirada hacia ella con gusto y con amor para descubrir su lugar en la espiritualidad de la Cruz, para recoger la lección que nos brinda de cómo llevar nuestra cruz, y para acogernos con filial confianza a su dulce amor de madre.

  1.-        Dios es eterno y todo lo ve en el instante único de su eternidad. Dios creó al hombre por amor para compartir con él su propia felicidad; pero desde siempre también vio Dios anticipadamente la ruina lamentable del género humano como consecuencia del pecado de Adán, y con un plan de compasión, oculto desde toda la eternidad, decretó llevar a cabo la obra misericordiosa de la restauración de la humanidad.

Este proyecto de amor se ha llevado a cabo por medio de la Encarnación, y para ello escogió una Madre a fin de que de ella naciese, en la plenitud de los tiempos, su Unigénito Hijo hecho carne. Esa Madre es María.

Dios la amó por encima de todas las criaturas con una predilección muy singular y la colmó con la abundancia de dones y de gracias celestiales. “A María la concibió el Padre en su entendimiento y desde entonces la amó. El Verbo la amaba ya ab aeterno como a su Madre que debería ser en la Encarnación, y el Espíritu Santo también desde toda la eternidad la tenía en su corazón, es decir, en todo él, como Esposa amadísima porque, en un modo de decir, el Espíritu Santo es CORAZÓN porque es Amor, y el corazón es la fuente, el órgano, el asiento del amor” (Cc. 41,299).

Así entra María en el designio salvífico de Dios Padre, así queda íntimamente asociada “a su Hijo en la obra de la salvación desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta la muerte” (LG. 57). “María ha sido un instrumento precioso y necesario, porque así lo quiso Dios, para la creación, regeneración, y glorificación de la humanidad” (Cc. 41,299).

De ese modo, en el designio amoroso de Dios, el Verbo Encarnado y María quedan inseparablemente unidos; no encontraremos a Jesús sin María y no llegaremos a ella sin encontrar a Jesús. “En la Virgen María, dice S.S. Pablo VI, todo es referido a Cristo y todo depende de El: en vistas a El Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro” (MC. 25).

Citamos con especial complacencia las siguientes palabras del Concilio Vaticano II: “María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y, abrazando la voluntad salvífica que Dios con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con él y bajo él, por la gracia de Dios omnipotente” (LG. 56).

Y aquí la tenemos íntimamente asociada de una manera consciente y generosa a la persona y la obra que su Hijo vino a realizar y para la cual fue enviado por su Padre. Y si insistimos en esta verdad tan fundamental es porque así comprenderemos mejor lo que enseguida  vamos a proponer. Vamos a contemplar a María como nuestro modelo y como nuestra Madre.

 

2.-        Ha llegado la plenitud de los tiempos, la hora de la realización del designio eterno de Dios preparado durante varios siglos, Dios va a entrar personalmente en el mundo para realizar ese designio. En tres palabras expresadas con la más sublime sencillez se lleva a cabo el acontecimiento más grande de la historia: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti”... “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”... (Lc. 1,35.38)... “Y el Verbo se hizo carne” (Jn. 1,14).

Y Dios se hace presente en el Verbo encarnado como una feliz consecuencia de una palabra divina y de una respuesta humana. María ha quedado sublimada a la dignidad de Madre del Hijo de Dios que, al encarnarse, queda consagrado único Sacerdote de la Nueva Alianza.

Ahora comienza María a cumplir una misión, la de dar a Jesús, porque el Hijo que nacerá de ella es para nosotros, nos pertenece. Apenas el Verbo de Dios se ha encarnado en su seno, lo lleva para darlo en la visita a Santa Isabel, lo da a los pastores en la noche luminosa del nacimiento, lo muestra a los reyes magos que lo adoran reverentes, y lo entregará a su Padre y a nosotros en la amargura de su dolor durante el sacrificio de su Hijo en la Cruz. Sí, en los días de su vida terrena nos ha dado a Jesús y al mismo tiempo nos ha encaminado hacia él, y lo sigue haciendo ahora en su vida gloriosa. Por eso “en su obra apostólica, la Iglesia mira con razón hacia aquella que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen, Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen, precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los fieles” (LG. 65).

3.-        Pero la Virgen María cumple esta misión en una peregrinación de fe en la palabra de Dios y en una actitud de obediencia incondicional a la voluntad divina.

Jesús dice al entrar en el mundo: “Aquí estoy, Padre, para hacer tu voluntad”; María dice: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Jesús vive su vida mortal en una plena y absoluta adhesión a la voluntad de su Padre; el SI de María es el sol que ilumina su peregrinación de fe, es la palabra que constituye todo el programa de su vida sobre la tierra, es la trayectoria que sigue con generosidad y amor caminando al lado de su Hijo hasta que El llegue al final de su misión.

Comprenderemos mejor toda la sublime grandeza de ese SI al considerar su peregrinación de fe que es como una penumbra que ilumina apenas su sendero. Jesús es para ella “un misterio de fe por excelencia”.

La fe de María frente al misterio profundo de su Hijo tendrá muchas oportunidades para ejercitarse en los días de su vida mortal. Recordemos, por ejemplo, estas palabras de Jesús dirigidas a ella o haciendo alusión a ella misma: “¿Por qué me buscabais? ¿no sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre? (Lc. 2,49). Cuando las Bodas de Caná: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? No ha llegado mi hora” (Jn. 2,4). En otra ocasión, su madre y sus hermanos van a buscarlo, se lo comunican a Jesús y ¿cuál es su respuesta? “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc. 8,19-21). Una mujer no puede contener su entusiasmo ante las enseñanzas de Jesús y sin importarle nada, alza la voz y exclama: “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron”, y Jesús responde sencillamente: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc. 11,27-28). Es preciso leer estos pasajes completos a fin de comprenderlos mejor.

¿No podríamos decir que semejantes expresiones en labios de Jesús con respecto a su Madre quieren indicar que por encima de los lazos maternales está el cumplimiento de una misión que el Padre ha encomendado a su Hijo?

Sin duda alguna, semejantes expresiones son más bien un elogio para María. ¿Quién se guió con más fidelidad que ella por la palabra de Dios? Por su fe, por su fidelidad, por su obediencia, María concibió a su Hijo en su corazón antes que concebirlo en su seno. Además, por una razón que difícilmente comprenderemos, Jesús lleva a María por este camino de fe, de desprendimiento, de ocultamiento y de silencio. Por lo mismo, esto trae consigo como una separación de su Madre, pero al mismo tiempo la vida de Jesús y de María van enfilando hacia la recta final, es decir, hacia el martirio y la inmolación en el mismo sacrificio.

Pensemos también que esa conducta de Jesús para con su Madre tiene como objeto prepararla paulatinamente al acto supremo de fe que manifestará ella con su presencia y su actitud en la hora por excelencia de Cristo, en su sacrificio en la Cruz.

 

4.-        Ante esta realidad, queremos asomarnos con veneración y respeto a esta otra actitud de María que nos describe San Lucas con estas expresiones: “Cuando Jesús acaba de nacer, van los sencillos pastores a adorarlo y María por su parte guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc. 2,19); y cuando Jesús queda en el Templo El explica el por qué de su conducta, “pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio”; sin embargo, “su Madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc. 2,50-51). ¡Quién pudiera penetrar en ese purísimo interior de María, la contemplativa! Observa, medita, contempla y el objeto de su contemplación es el misterio de su Hijo en toda su anchura y en toda su profundidad.

Pero en el peregrinar de su fe, frente al sorprendente misterio de su Hijo, ante la voluntad divina que la conduce en la penumbra de su fe hacia la meta de su misión, sólo hay una palabra en los labios virginales de María: “Hágase en mí según tu palabra”, “Sí, Padre”, aunque a veces ese SI exija una serie de renuncias.

“María del Evangelio, y no María de nuestras imaginaciones, es la mujer fuerte que progresa en una fe robusta, en el silencio, en la precisión de actitud, en un levantamiento permanente para estar cueste lo que cueste, muy cerca de los sentimientos de Jesús cuando él toma distancia”.

Esta es la fe de María. Con razón su prima Isabel la felicita por esa fe: “Dichosa tú que has creído” (Lc. 1,45). Sí, pero además ¡qué dolorosa será para ella esa fe! La primera forma de colaboración que Dios pide a la criatura para la realización de su plan de salvación es la fe que consiste en una acogida confiada en su palabra para que el poder divino pueda desplegarse.

En resumen, la vida de María es una aventura de fe por el SI que ha dado a Dios en la plena obediencia a su voluntad, por la íntima unión con su Hijo, asociada a El en el camino de la Cruz, colaborando así a dar gloria al Padre y a la salvación del mundo.

Para quienes desean vivir la espiritualidad de la Cruz ella es el modelo perfecto en esa adhesión a la voluntad divina que establece en una actitud de ofrenda, de víctima, siguiendo a Cristo Sacerdote y Víctima para realizar con El, en unión con María, un solo sacrificio en el amor y glorificar así al Padre y obtener abundancia de gracias para la salvación del mundo.

Hemos dicho también que María es nuestra Madre. Pero de esta hermosa y consoladora verdad nos ocuparemos en el artículo siguiente.

 

 

Capítulo 30

EL ESPÍRITU SANTO, LOS APÓSTOLES Y LA IGLESIA 

 ( "Cruz de Cristo, Cruz del Cristiano" de Salvador Sánchez M.Sp.S)

Hemos considerado en el artículo anterior la estupenda actividad del Espíritu Santo en Jesús, y como venimos contemplando sobre todo su acción, volvemos nuestra mirada hacia otra obra maestra suya, la Iglesia. Hemos hablado ya de la Sma. Virgen, pero no con este enfoque, aunque mucho podría haberse dicho. Entre otras muchas enseñanzas sobre el Espíritu Santo y la Sma. Virgen, S.S. Pablo VI decía en una de sus audiencias: “Fue el Espíritu Santo quien dio ánimos a la Madre de Jesús presente al pie de la cruz, inspirándole, como antes en la Anunciación, el FIAT a la voluntad del Padre celestial, que la quería maternalmente asociada al sacrificio del Hijo para la redención del género humano (Jn. 19,25), fue también el Espíritu Santo quien dilató con caridad inmensa el corazón de la Madre dolorosa, para que recibiese de los labios de su Hijo, como un postrer testamento... su maternidad espiritual a favor de la humanidad entera”.

 

1.-       ¿Cuál ha sido la acción del Espíritu Santo en los apóstoles y en la Iglesia? Es lo que ahora nos preguntamos.

San Juan nos dice en su Evangelio que “el Espíritu no había sido dado porque Jesús no había sido glorificado” (Jn. 7,39). Durante su vida mortal Jesús ha sido movido por el Espíritu Santo, pero una vez resucitado se invierten los papeles; ahora Jesús dispone del Espíritu, por eso, en el discurso de la última Cena, promete enviarlo a sus apóstoles (Jn. 16,7), renueva esa promesa en la hora solemne de su Ascensión (Hech. 1,8), y la cumple el día espectacular de Pentecostés, porque las promesas divinas siempre se cumplen.

Los once apóstoles están reunidos en el Cenáculo llenos de esperanza en el cumplimiento de la palabra de su Maestro; con ellos está María, la Madre de Jesús, a la que una vez más “el Espíritu Santo elevó en alas de la caridad más ferviente al papel de orante por excelencia”: ahí “perseveraban todos en la   oración” (H. 1,14).

Los Hechos narran el advenimiento del Espíritu con los siguientes fenómenos: un ruido que viene del cielo como de un viento impetuoso que llena el lugar donde se encuentran reunidos, lenguas de fuego que se colocan sobre las cabezas de cada uno de ellos, todos quedan llenos del Espíritu Santo. ¡Viento huracanado, fuego que abrasa sin consumir, plenitud desbordante del Don de Dios, promesa cumplida, qué maravilla!

El viento y el fuego, elementos del todo espirituales, son los que simbolizan al Espíritu de Dios, y al mismo tiempo nos hablan del sentido de la acción anterior sobre los apóstoles; el fuego, que expresa la iluminación interior, porque el Espíritu actúa siempre en y desde el interior; el viento, porque los va a lanzar hasta los confines del mundo a fin de conquistarlo para Cristo. La plenitud del Espíritu los penetra, los invade, transformando todo el interior de su ser.

El Espíritu Santo, que tomó parte activa en el misterio de la Encarnación, asiste ahora al nacimiento de la Iglesia que, aunque es verdad que nació del costado abierto de Cristo en la cruz, hoy se manifiesta al mundo con una misión que va a cumplir por encargo de Jesús, y empujada por el viento invencible del Espíritu. Los apóstoles salen porque el Espíritu los impulsa a que comiencen a anunciar la Buena Nueva.

 

2.-       Pero ¿qué efectos ha producido este divino Espíritu en los apóstoles en el acontecimiento de Pentecostés? Será interesante conocer al menos un poco esta profunda realidad, ya que muchas veces nos quedamos en parte en la superficie.

Ante todo reciben una iluminación muy especial y profunda. ¡Qué lentos fueron para comprender a Jesús mientras anduvieron en su compañía! Escuchan sus enseñanzas y en gran parte no las entienden, Jesús tendrá que explicarles con incansable paciencia; cuando se trata de los milagros, también ellos están poseídos del asombro lo mismo que la gente que sigue al Maestro; ante el milagro de la tempestad calmada, en su interior se agita una interrogación que sale al exterior entre unos y otros: “¿quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc. 4,41).

Están muy lejos de comprender el misterio de Jesús y de su Cruz, y retroceden asustados ante el anuncio de que ese Jesús, a quien acompañan y sin duda a quien aman, vaya a terminar su vida de una manera trágica; finalmente, Jesús les dice: “Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche” (Mt. 26,31), y en efecto, cuando ya ven a su Maestro en manos de sus enemigos, “los discípulos le abandonaron todos y huyeron” (Mt. 26,56). Para ellos todo ha terminado: sus sueños, sus aspiraciones, sus esperanzas. Lo dirán los caminantes hacia Emaús la tarde ya luminosa de la resurrección con una honda melancolía: “Nosotros esperábamos” (Lc. 24.21).

Pero el día de Pentecostés se cumple la palabra de Jesús: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14,26). Reciben, pues, una iluminación muy viva, ahora lo comprenden y lo ven todo con suma claridad, han quedado transformados hasta lo más íntimo de sí mismos, son hombres nuevos con una vida nueva y con una visión muy distinta. A través de esa luz el Espíritu los ha conducido hasta la verdad completa, a la comprensión de las Escrituras, del misterio de Jesús y de la Cruz, de cómo “era necesario que el Cristo padeciera y entrara así en su gloria” (Lc. 24,26); y ven con claridad meridiana, en una sola mirada, todo el amoroso plan de Dios para salvar a la humanidad.

Al mismo tiempo, esa luz, que es calor, que es fuerza, los enardece y comienzan a hablar para anunciar con valentía la resurrección del Señor, para hacer discípulos predicando la Buena Nueva del Reino invitando a la conversión, y para dar testimonio de la victoria de Jesús sobre la muerte, porque es el encargo que han recibido: Ser testigos. Pero para ser los primeros testigos de la resurrección debieron pasar por tres etapas lentas y dolorosas de transformación: el llamamiento, la Cruz y Pentecostés.

El Espíritu los llena también de fortaleza: “recibiréis la fuerza del Espíritu que vendrá sobre vosotros” (Hech. 1,8). El viento impetuoso de Pentecostés los lanzará a los cuatro vientos para esparcir el mensaje de salvación a todos los hombres, testimoniar que Jesús es el Señor y que fuera de El no hay salvación y, si es necesario, sellar con su misma sangre este testimonio.

Serán llevados a los tribunales pero el Espíritu hablará  por su boca y les sugerirá lo que deben decir (Mt. 10,20). Serán encarcelados, azotados y les prohibirán hablar; pero ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres y se sienten felices de haber sido hallados dignos de sufrir ultrajes por el nombre del Señor.

Pero hay algo más íntimo como efecto de la acción del Espíritu de Dios en ellos y consiste en una indestructible comunión entre sí. Ya no son los hombres rudos a los que Jesús llama en las riberas del lago, no hay entre ellos esas miserias humanas que exteriorizaron cuando andaban con él: ambiciones, envidias, celos, cobardías, miras terrenales; ahora el Espíritu los ha unificado y todos están animados por el mismo ideal y se mueven con la misma ambición que no es otra que llevar por todas partes el nombre de Jesús y proclamar el misterio de su resurrección.

Así como han perseverado unánimes en la oración, continúan con esa unanimidad cumpliendo la misión que Jesús les ha encomendado. en una palabra, ya no es en ellos una simple amistad de compañeros de Jesús, es una profunda comunión en la que se experimenta la presencia del Señor resucitado. Y así, como dice Jesús a Conchita: “Pentecostés fue el principio de la extensión de la Iglesia por el Espíritu Santo. Mi vida fue su anuncio; el Calvario, su cuna con María”.

Así, como afirma San Pablo, la Iglesia “queda edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo” (Ef. 2,20). Y como canta la liturgia, ellos plantaron y regaron la Iglesia con su propia sangre.

 

3.-       En los primeros días y siempre, El Espíritu no ha faltado a la Iglesia. A través de las páginas de los Hechos nos encontramos con un despliegue estupendo de su actividad en los primeros años: Esteban está lleno del Espíritu Santo, los apóstoles hacen oración e imponen las manos para que sus oyentes reciban al Espíritu Santo; este mismo Espíritu dice a Felipe: “Acércate y ponte junto a ese carro”, Felipe sube, evangeliza al eunuco que viaja en él y luego lo bautiza” “el Espíritu del Señor arrebató a Felipe” (Hech. 8,26-40); Ananías acude a ver a Saulo para que recobre la vista y sea lleno del Espíritu Santo: “mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: “Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado” (Hech. 13,2): el Decreto del primer Concilio en Jerusalén afirma solemnemente: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” (Hech. 15,28).

Para qué multiplicar las citas que son abundantísimas. Al leer los Hechos de los Apóstoles, libro que pudiera llamarse el Evangelio del Espíritu Santo, contemplamos con profunda alegría la función que el Espíritu de Dios desempeña en la naciente Iglesia: El es su principio activo, es su guía, vela sobre ella con solicitud, la impulsa por los caminos de la verdad y del amor, la asiste siempre, sobre todo en los momentos más difíciles, la hace salir de las fronteras de Jerusalén para que vaya a dar testimonio hasta los confines del mundo.

Al subir al cielo Jesús dice a sus apóstoles: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20). Y la promesa se cumple porque Jesús continúa en su Iglesia a través de su Espíritu, y porque la Iglesia es la presencia viva y la continuación de Jesús.

 

4.-       Desde sus orígenes hasta el presente, esta Iglesia nacida del amor y sólidamente cimentada en una triple afirmación de amor, “va peregrinando a velas desplegadas entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que él venga” (LG. 8). El Señor ha dicho: “El Espíritu Santo comenzó a regir a la Iglesia en su principio por tres actos de humilde amor en San Pedro; y quiero que en estos últimos tiempos se acentúe ese amor santo en todos los corazones” (Cc. 51,81).

El Espíritu Santo, que es el alma de esa Iglesia, nunca le puede faltar, porque como Jesús ha dicho: “Si mi Padre engendró en su seno a mi Iglesia amada, el Espíritu Santo, tomando en mí lo que es suyo, formó y asentó la Iglesia en la tierra sobre las bases redentoras. Por eso la Iglesia es amor, esparce amor, infunde amor, y sus leyes y todas sus enseñanzas son de amor, de puro amor” (Cc. 52,217). Y la razón es muy sencilla: si el Espíritu de Dios es el Amor personal, si desde su origen le ha comunicado calor, vida y amor a la Iglesia, y si ésta es amor e irradia amor, es porque ese Divino Espíritu la asiste siempre nunca le puede faltar.

La Iglesia conserva una juventud perenne a pesar de sus muchos siglos de existencia, porque el Espíritu la rejuvenece siempre y continuamente la renueva hasta presentarla a Cristo sin mancha ni arruga (Cfr. LG. 4).

Terminamos con esta página de S.S. Pablo VI en una memorable audiencia del 29 de noviembre de 1972: “¿Qué necesidad primera y última advertimos para esta nuestra Iglesia bendita y querida? Lo debemos decir, casi dominados por el temor y rezando; porque es su misterio y su vida, vosotros lo sabéis: el Espíritu Santo, animador y santificador de la Iglesia, su aliento divino, el viento de sus velas, su principio unificador, su fuente interior de luz y de fuerza, su apoyo y su consolador, su paz y su gozo. La Iglesia tiene necesidad de su Pentecostés permanente; tiene necesidad de fuego en el corazón, de palabras en los labios, de profecía en la mirada”.

Capítulo 16

EL SACRIFICIO DE JESÚS, CULMINACIÓN DE SU SACERDOCIO EN LA TIERRA

 ( "Cruz de Cristo, Cruz del Cristiano" de Salvador Sánchez M.Sp.S)

 1.-       La respuesta de Jesús a su Padre hace de su vida una oblación, una ofrenda filial, es decir, vive en una actitud, en una disponibilidad continua ante la voluntad de su Padre en la obediencia y en el amor. Esa actitud de ofrenda es como el ofertorio de su única Misa. ¡Qué interesante sería penetrar en el interior de Jesús para descubrir y ahondar en esa actitud suya de oblación continua!

Su amor filial manifestado en la perfecta, en la absoluta adhesión a la voluntad divina, el “hacer siempre lo que le agrada a su Padre” (Jn. 8,29), nos revelan la causa que lo ha impulsado siempre a vivir en esa disponibilidad, en esa actitud de ofrenda víctimal con respecto al querer de su Padre, ya que “la actitud fundamental de una víctima consiste en ofrecerse para lo que Dios quiera, ponerse a disposición de nuestro Señor, sin pedir nada en particular”.

Un misterio de su vida nos ayudará a comprender lo que fue su disposición constante desde la Encarnación hasta la Cruz, este misterio es el de su Presentación en el Templo. A los 40 días de su nacimiento Jesús va al Templo en brazos de su madre para ser presentado conforme a la Ley de Moisés; por vez primera Jesús entra en el Templo para obedecer un precepto, pero en su interior hay algo más que eso, S.S. Pablo VI de feliz memoria, nos dice en su valioso documento “Marialis Cultus”: “La Iglesia, guiada por el Espíritu, ha vislumbrado más allá del cumplimiento de las leyes relativas a la oblación del primogénito (Ex. 13.11-16) y de la purificación de la madre (Lev. 12,6-8), un misterio de salvación relativo a la historia salvífica: esto es, ha notado la continuidad de la oferta fundamental que el Verbo Encarnado hizo al Padre al entrar en el mundo (Hb. 10,5-7);... La misma Iglesia, sobre todo a partir de los siglos de la Edad Media, ha percibido en el corazón de la Virgen que lleva al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor (Lc. 2,22), una voluntad de oblación que trascendía el significado ordinario del rito. De dicha intuición encontramos un testimonio en el afectuoso apóstrofe de S. Bernardo: ‘Ofrece tu Hijo, Virgen Sagrada, y presenta al Señor el fruto bendito de tu vientre. Ofrece por la reconciliación de todos nosotros la víctima santa, agradable a Dios”. (M.C.-20).

¿Qué hay entonces, más  allá del hecho histórico? ¿Cuáles son los sentimientos dominantes de Jesús y de María en el acontecimiento de la Presentación al Templo? Jesús entra en el Templo en los brazos sacerdotales de María para ofrecerse una vez más como víctima a la voluntad de su Padre para la salvación del mundo: “Aquí estoy, Padre”, y María ofrece su Hijo al Padre como una Hostia que será inmolada también por nuestra salvación; y los dos, Madre e Hijo, con los mismos sentimientos y con la misma intención se ofrecen en comunión de voluntades a los misteriosos designios de Dios.

No insistimos más, nos parece haber dado una respuesta sobre la actitud sacerdotal de Jesús ante la voluntad de su Padre y en relación con su misión. Voluntad divina y obediencia perfecta en el amor, aprendida por experiencia a través del sufrimiento (Hb. 5,8), expresan con elocuencia el aspecto fundamental de la vida de Jesús.

 

2.-        Esa vida de oblación culmina en su sacrifico en la Cruz. Si su primera palabra al entrar en el mundo es como su “canto de entrada”, si su actitud interior de ofrenda continua es como el ofertorio de su única misa, su sacrificio en la Cruz es el acto por excelencia de su sacerdocio, es como la consagración por  medio de la cual nos entrega su Cuerpo inmolado y su Sangre derramada. Contemplemos ahora con amorosa atención a Jesús en el misterio de su sacrificio. Tratemos sobre todo de penetrar en los sentimientos íntimos con los que Jesús se inmola, y descubrir las características de ese sacrificio.

El Hijo de Dios ha venido al mundo enviado por su Padre para santificarse, él lo sabe, tiene plena conciencia de ello, y por eso “se afirma en su voluntad de ir a Jerusalén” (Lc. 9,51; 13,33). Va hacia la muerte con plena y soberana libertad, es el mandato que ha recibido de su Padre, por eso puede afirmar: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre” (Jn. 10,18).

Al mismo tiempo, en el altar de la Cruz el Padre recibe de ese sacrificio una gloria infinita. ¡Jamás se ha ofrecido a Dios una víctima más agradable, ya que el Hijo de las complacencias del Padre es en esos momentos al mismo tiempo Sacerdote Santo y Víctima inmaculada!

“Su grande sacrificio al venir al mundo tuvo dos visos, a cual más hermoso, tierno y admirable. ¡Dar gloria a su Padre y dar gloria al hombre” (Cc. 12,321). Sí, Jesús ha glorificado a su Padre y ha salvado al hombre con su sacrificio en la Cruz realizado con una obediencia amorosa y con una fuerte solidaridad con el hombre.

El Padre recibe con complacencia una gloria mayor que la que el pecado le ha arrebatado, y la humanidad queda salvada y reconciliada con Dios. “En el sacrificio de Cristo El es el único y verdadero Mediador que, por medio de su sacrificio de paz nos reconcilia con Dios, mientras permanece siendo uno con aquél en honor de quién se inmola; El es el que unifica en sí mismo a toda la muchedumbre por la que se inmola, y El mismo es, finalmente, sacerdote y víctima, o sea, El que ofrece el sacrificio  y la víctima inmolada” (San Agustín).

“Hasta que fui sacrificado reiné; hasta que fui víctima atraje; hasta que dí mi vida por las almas las salvé” (Cc. 51,223).

Por eso, la sublime inmolación de Jesús es una inmolación de AMOR, procede del amor, se realiza en el amor, y se consuma en el amor. Ese amor ofrece diferentes matices que vamos a contemplar en esta hermosa página de Conchita: “¿Cómo yo amé? con amor universal de caridad... como sabe amar el Verbo todo caridad... Con amor de sacrificio, inmolándome con gusto, con crecido gozo por los demás... y todavía mayor para con mis enemigos, perdonando... olvidando... y  alcanzándoles gracias con mi dolor... Con una purísima intención divina... con miras siempre sobrenaturales... Con un fin sublime de Caridad para con el hombre, y para con la Divinidad, procurándole gloria.

Mi amor expiatorio es incomprensible a toda inteligencia humana, porque ésta jamás podrá medir ni la malicia de la ofensa, ni mucho menos la dignidad de la Divinidad ultrajada. Sólo yo puedo comprender la majestad de Dios y la vileza de la criatura... el tamaño de la ofensa y del castigo... Y por tanto, la grandeza de la reparación que exige una Víctima a la medida de la iniquidad del crimen” (Cc. 23,120.122).

“La obra de la creación fue obra de amor; pero la obra de la Redención fue obra del amor  y del dolor, es decir, fue obra de la Cruz, porque el amor y el dolor existen ahí juntos sin que nadie pueda separarlos” (Cc. 7,16).

Esta bellísima página no admite comentario, se medita en silencio, se saborea en la oración y se experimenta la dolorosa impotencia de no agradecer ese amor sacerdotal que con su sacrificio parece haber agotado toda la intensidad de su amor hacia su Padre y hacia nosotros.

Sin embargo, ese amor ha llegado hasta el extremo inconcebible de la HUMILDAD: “Este amor por el hombre, que llevo tan íntimamente unido a mí, no pesa ni mide correspondencia...; y ¿sabes por qué? Porque soy Dios, primero; y después, porque lo amo con Humildad: ese color ha campeado siempre en mi amor para con el hombre, y este es EL GRAN SECRETO DEL AMOR: AMAR CON HUMILDAD” (Cc. 23,205). ¡De verdad conmueve un amor de Jesús así!

 

3.-             Queremos destacar otro aspecto más del momento solemne del sacrificio de Jesús, y es la SOLEDAD. En la hora suprema de la Cruz, en la culminación de su obra redentora, en el acontecimiento más incomprensible que haya contemplado la humanidad en todos los siglos, JESÚS ESTA SOLO. ¡Así tenía que ser! La soledad de la Cruz forma parte integrante de su ministerio y así lo dice a sus discípulos: “Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño” (Mt. 26,31; cfr. Zac. 13-7). Es preciso que Jesús vaya solo: “... a donde yo voy, vosotros no podéis venir” (Jn. 13,33).

En la cumbre del Calvario se encuentra un Sacerdote que se ofrece como Víctima en medio del griterío, de las burlas de la multitud que contempla aquel espectáculo sangriento, entre sus enemigos que gozan satisfechos por el triunfo obtenido. Ese Sacerdote está sumergido en un océano de paz en medio de su dolor y por eso el Calvario se llena también de esa serenidad, de esa gloria que recibe el Padre, de esa fuente de salvación que se inunda a la humanidad, y sobre todo de ese amor generoso, universal, inmenso, infinito, eterno.

Dos mundos se encuentran en el Calvario: el del odio y el del amor. El del odio de todos aquellos que han llegado hasta el extremo de pedir la muerte del que es la Vida y el Amor; el del amor de Jesús más fuerte que la muerte, el de la entrega generosa de la propia vida, amor callado, silencioso, en la más absoluta soledad, amor que ha impresionado profundamente a San Pablo hasta exclamar emocionado: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál. 2,20). ¡Misteriosa soledad la de Jesús en el misterio de su Pasión y de su Muerte!

Esta es la culminación del sacerdocio de Cristo en la tierra, el coronamiento de toda una vida entregada a la voluntad de su Padre aún en sus más mínimos detalles, y consagrada al hombre en una actitud de servicio y de entrega hasta la propia vida.

Más que fijarnos en el sacrificio de Jesús en sí mismo, hemos intentado destacar las características y los matices de ese mismo sacrificio y el sello distintivo que Jesús quiso imprimirle. Por eso los rasgos que hemos señalado: la libertad soberana, la intención elevada de glorificar a su Padre y de liberar al hombre, el amor con que ha impregnado su inmolación, amor universal, amor de sacrificio, amor expiatorio y, lo que cala más hondo, amor humilde; por eso también la soledad dolorosa que forma el ambiente en el que se realiza su amorosa inmolación.

Nunca llegaremos a penetrar en la profundidad de la belleza que nos presenta Jesús en la hora sublime de su sacrificio, jamás acabaremos de contemplar con amor agradecido a nuestro Sumo Sacerdote envuelto en la serena majestad con la que ofrece su propia vida. Si buscamos otra belleza en Cristo que no sea la del crucificado, siempre la buscaremos en vano.

 

ENSEÑANZAS QUE NOS DA LA CRUZ DEL APOSTOLADO Cap. 5
("Cruz de Cristo, Cruz del Cristiano" de Salvador Sánchez M.Sp.S)

 

Vamos ahora a estudiar la Cruz del Apostolado en sí misma y a recoger las enseñanzas que nos dan los principales elementos que en ella encontramos.

 

1.-        Ante todo esta Cruz no es como todas. Antes de darle a Concepción Cabrera de Armida “Conchita” el mensaje que debía transmitir, Jesús se lo dio de una sola vez en la Cruz del Apostolado, y al mismo tiempo le dio en ella el símbolo de las Obras de la Cruz y de su espiritualidad.

Por eso, en ese símbolo se encuentra una escuela de perfección, un camino de santidad, una lección de amor y de todas las demás virtudes. Por consiguiente, más que objeto de veneración y de culto, es una lección constante la que nos brinda cada vez que la contemplamos. En ella se encuentra  el camino que debe recorrer el que quiera alcanzar la perfección.

“La Cruz es la consecuencia del amor y a esta Cruz bajé yo a buscar al mundo porque amaba. La Cruz es el punto de unión entre el cielo y la tierra y desde que la santifique con mi muerte, no hay otro camino para alcanzar el cielo, para disminuir  la justicia divina, ni para la paz y la felicidad de las almas. ¿Entiendes ahora las riquezas, las riquezas de la Cruz y la felicidad de Dios? (Cc. 7/ 40).

 

2.-             Contemplemos ahora los principales elementos de la Cruz del Apostolado.

 

1.-            El  Espíritu Santo.

El primer elemento que encontramos es el Espíritu Santo, fue lo primero que vio Conchita en la visión que tuvo en la Iglesia de la Compañía de San Luis Potosí. ¿Qué nos enseña esto?.

En el misterio inexplicable de la Sma. Trinidad el Espíritu Santo es el AMOR. Y cuando Dios hace al mundo el Don de las Obras de la Cruz lo primero que manifiesta es su Amor, porque todas las Obras de Dios llevan siempre el sello del Amor.

El Espíritu Santo es el Amor personal de Dios, fuente y origen de todo; principio de la Creación, de la Redención, de la Iglesia, de las Obras de la Cruz.

“Yo soy como un lazo de luz que une al Padre y al Hijo; soy un lazo de amor, del más apretado cariño, que también los une en uno con tal viveza que vienen a ser uno mismo por el amor que soy yo...” (Cc. 6/ 71).

“Yo soy la Pureza, soy el lazo de unión eterna entre el Padre y el Hijo, soy el Amor increado que hace la felicidad eterna de las Divinas Personas”    (Cc. 10/ 167).

“Dios es Caridad y por medio del amor comunica y se une con las almas puras. El Padre es Amor; el Hijo es Amor; y el Espíritu Santo es el término sin limites de este mismo amor de comunicación y de unión entre las tres Divinas Personas. Término del Amor es el Santo Espíritu; en él está reconcentrada, diré, la esencia del amor. El es amor, y amor infinito, El es la eterna Caridad sin principio ni fin” (CC. 15/ 371)

El Espíritu Santo es además el Protector de las Obras de la Cruz.

“Quiere este Espíritu Santo, representado por la figura de paloma ser el primer protector del Apostolado dela Cruz” “El cobijará con sus alas este Apostolado de la Cruz” (Cc. 2/ 3 y 5).

“El Protector especial y fuente purísima del Apostolado de la Cruz, de las Religiosas de la Cruz, de la Alianza de Amor, de la Fraternidad Sacerdotal y de lo que después vendrá es el Espíritu Santo. Amen y contemplen mucho y hagan amar a esa Persona Divina que maneja las Obras y les da fecundidad para su desarrollo: escuchen sus inspiraciones y pónganlas con toda pureza en práctica. Todos sus miembros deben santificarse por él. (Cc. 36/ 214).

Por la belleza y profundidad de este símbolo recogemos la siguiente lección:

Las Obras de la Cruz son Obras de Amor porque proceden del Espíritu Santo que es el Amor personal en Dios. La Fuente, el origen, la esencia, la vida, el alma de estas Obras es el Amor.

No son obras llenas  de dolorismo, sí son Obras de la Cruz, esta misma Cruz está iluminada e impregnada por el Amor Divino del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el Protector de estas Obras, las cubre con sus alas, las hace fecundas, les comunica su luz y su calor, las impulsa siempre hacia el cumplimiento de su misión; y si en él tienen su principio, en él encuentran también su feliz termino.

 

2.-    La Cruz Grande

Cada vez que contemplamos una cruz la asociamos a Cristo clavado en ella. Jesús y la Cruz no se pueden separar: “El Amado no está sin Cruz y la Cruz nunca, fíjate, estará sin el Amado” (Cc. 1/ 235).

Ella nos recuerda el instrumento escogido por Jesús para realizar la obra de nuestra salvación y en la que nos dio la prueba más grande de su amor.

Pero además es el símbolo de la síntesis de todo el dolor de la humanidad; Cristo lo hizo suyo, lo santificó y nos lo entregó para que fuera en adelante un medio de santificación, lo que había sido para nosotros un castigo.

En esa Cruz también está la voluntad del Padre que llevó a Jesús hasta la Cruz: “De tal manera amó Dios al mundo que le dio a su propio Hijo” (Jn. 3, 17).... “y no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros” (Rom. 8, 32).

Pero esa voluntad se manifiesta también sobre nosotros para que sigamos a Jesús por el mismo camino, porque toda  vida cristiana verdadera consiste en “Seguir a Cristo”, y a él no se le puede seguir por otro camino que el de la Cruz. El mismo lo ha dicho “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí, tome su cruz cada día, y sígame” (Luc. 9, 23).

Y siendo la Cruz del Apostolado una escuela de perfección, como hemos afirmado al principio, Jesús le ha dicho a Conchita “Carguen la Cruz, ésta es mi voluntad, pero te voy a decir el secreto para suavizar su peso. Este en su práctica consiste en tres cosas: en la caridad con el prójimo, en el desprecio propio y en el amor de Dios. A medida que estas tres cosas crecen en el corazón, se hace más liviano , el peso de la Cruz. Y estas tres cosas no se pueden separar, porque del conocimiento propio nace el conocimiento de Dios y del amor a Dios, que produce este conocimiento de la Divinidad, brota la caridad para con el prójimo. Mira: “el que se niega a sí mismo me ama, y con este amor no sienten las cruces, y con este se ama y se perdona al prójimo; de suerte que el humilde se complace en la Cruz porque se conoce y me conoce” (Cc. 7/ 283).

¡Hermoso programa de vida espiritual en torno a la Cruz!.

La Cruz grande que vio Conchita, iluminada por el Espíritu Santo, es la Cruz de Cristo y la nuestra; es la Cruz de Jesús en la que dio tanta gloria a su Padre y que es fuente de salvación y de vida para la humanidad; es la nuestra, participación misma de la de Jesús, en la que encontramos nuestra santificación si la llevamos con amor, con la que glorificamos al Padre y alcanzamos gracias de salvación para el mundo.

“Lo que importa en la vida es la Cruz de Jesucristo que nos ha reconciliado con el Padre... lo que importa en la existencia cotidiana es llevar con serenidad y fortaleza su propia cruz, beber el cáliz del Señor haciéndose uno con él y así cambiar al mundo...” como lo ha dicho Mons. Luis M. Martínez.