CONCEPCION CABRERA DE ARMIDA

Origen y  fuente de la Espiritualidad de la Cruz




“Conchita” como cariñosamente la llamamos, nació el 8 de diciembre de 1862 en San Luis Potosí México. 

Sus padres fueron Octaviano Cabrera y Clara Arias. Tuvieron 12 hijos, el sétimo  fue Conchita.

Su educación escolar fue muy corta e irregular, porque pasó su infancia en varias haciendas de sus abuelos y sólo por temporadas vivió en la ciudad de San Luis Potosí. Nos cuenta que de pequeña estudió primero con “ Las Viejitas de Santillán” , y más tarde con “La señora Negrete”. Después estudió seis meses  con las Hermanas de la Caridad  y por último, su mamá consiguió para sus hijas algunos maestros que les dieran clases de primaria, bordado y música, eso fue todo. Por eso en su diario dice con sinceridad: “En cuanto a instrucción, la tengo muy escasa”.

 Su carisma extraordinario de escritora y de maestra de vida espiritual, en contraste con su “escasa instrucción”.

Por obediencia a sus directores espirituales, escribió su “Cuenta de conciencia”, que es su diario espiritual de muchos años. El manuscrito original ocupa 56 libretas. Comienza en octubre de 1893 y termina el 8 de diciembre de 1936. Conchita murió el 3 de marzo de 1937.

La copia de este escrito, que tengo ante mi vista de 16 tomos, con un total de 8809 páginas tamaño carta, escritas a maquina a renglón seguido.

Además hay diez libretas de su autobiografía, que escribió por orden de Mons. Ramón Ibarra, arzobispo de Puebla, para ser enviadas a Roma, a fin de que “examinaran su espíritu”. Existen varias copias de este manuscrito.

 Todas las citas de Cochita que hay en este libro, provienen de estos dos escritos, si no se indica otra fuente.

Escribió además 44 libritos que han sido publicados. Varios siguen reeditándose hasta la fecha.

Con motivo de la causa de canonización de la  Venerable Sierva de Dios, se recogieron otros escritos que estaban dispersos; muchas cartas a familiares, a sacerdotes y a obispos, algunos relatos, opúsculos no editados, oraciones, y consejos a personas y a comunidades. De todo este material resultaron 102 volúmenes de manuscritos, que se guardan en los archivos de los Misioneros del Espíritu Santo.

Con frecuencia encontramos en los escritos de Conchita expresiones como éstas: “El Señor me habló...”El Señor me dijo...” “El Señor me hizo ver...” “Vi a Jesús, y me dijo que escribiera...”

Conchita, tuvo pues, el carisma de profecía, el carisma preferido por San Pablo, que consiste en recibir de Dios mensajes, por medio de palabras o de visiones.

Esto explica por qué Conchita a pesar de su deficiente instrucción, escribió innumerables páginas  que difícilmente podría escribir un doctor en teología. Todos estos escritos constituyen la fuente primaria de la Espiritualidad de la Cruz.

Conchita recuerda muchas cosas de su niñez, entre otras su primera confesión: Tenía 8 años y estaba en el colegio de las Hermanas de la Caridad. Como no sabía qué decirle al confesor, le preguntó a una amiga de las más grandes, y ésta le dijo que acusara unos pecados muy graves. Conchita se los aprendió de memoria y se los dijo al padre, aunque no entendía ni el significado de esas palabras. El padre se asomó fuera del confesionario, para saber de quién era esa vocecita, y al ver a una niña tan pequeña con semejantes pecados, la regañó severamente y le recetó 15 rosarios de penitencia.

Recuerda también otra confesión: “El confesor me preguntó:

 __¿Es usted casada?

 ___No, le contesté.

 ___¿Es usted doncella?

 ___No padre, volví a contestarle, porque para mi las “doncellas” eran como unas damas de honor de ciertas señoras elegantes.

 ___¿Pues entonces qué es usted?, me dijo el padre algo violento.___

¿Pues qué seré Dios mío?

 ___Yo ....soy Conchita Cabrera, le dije, porque no hallé qué contestarle.

¡Dios me perdone tanta tontera....!”

 Refiriéndose a su primera comunión, cuando cumplió los 10 años ella escribió:

 “No recuerdo, por mi tibieza y falta de comprensión, nada de particular de este día, sólo un inmenso placer interior, y gusto por mi vestido blanco. Pero desde entonces, mi amor por la Eucaristía fue siempre creciendo. Después yo era felicísima recibiendo al Santísimo  Sacramento. Llegó a ser una necesidad indispensable para mi vida.”

Y recuerda algo más:

“Ya por esos años, sentía una fuerte inclinación a la oración a la penitencia, y sobre todo a la pureza”.

“Me pasaba largos ratos en la azotea, contemplando el cielo, y queriendo traspasarlo a mi corazón. era una sed de algo muy grande con qué llenar mi pobre ser, que anhelaba el supremo Bien”.

“A mí, la naturaleza y la música, siempre me han llevado a Dios.

Yo, Señor, sentía dentro de mí, casi sin darme cuenta, tu presencia, tu hermosura, tu poder y tu bondad. Pero era muy mala, y pronto te olvidaba, y echaba por tierra esos sentimientos, esos toques interiores del Espíritu Santo. Viví una vida animal, toda exterior, sin virtudes y sin frutos para el cielo”.

 “Así fui creciendo, como la hierba del campo, al natural. Y qué poco entendí, Dios mío, tus gracias y favores, y esa predilección tan singular con la que siempre cubriste mi pobre alma”.

El día que Conchita cumplió 13 años, la llevaron a su primer baile, de vestido largo. Allí conoció al joven Francisco  Armida, su futuro esposo. Y un mes más tarde, en otro baile, se formalizó el noviazgo.

“Tengo que agradecer a Pancho que nunca abusó de mi ingenuidad, fue un novio muy correcto y respetuoso.

A mí nunca me estorbó el noviazgo para mi entrega a Dios. ¡Se me hacía tan fácil juntar las dos cosas! Al acostarme, pensaba en Pancho, pero luego, antes de dormirme, pensaba en la Eucaristía, que era mi delicia”

De los 16 a los 20 años, crucé por una época de bailes, teatros, paseos, vanidades, y deseos de agradar, aunque  sólo a Pancho, porque los demás no me importaban”.

En medio de todo este mar de vanidades y fiestas, mi alma sentía un deseo vehemente de hacer oración. Preguntaba, leía, como podía me ponía en presencia de Dios. Entonces  recibía muchas luces sobre la nada de las cosas de la tierra, lo vano de la vida, la hermosura de Dios, y sentía mucho amor al Espíritu Santo. Cogía mi crucifijo al irme a acostar, y no se qué me pasaba al contemplarlo: Una conmoción interior profunda, un clavamiento de corazón en él, imposible de explicar.

Pero me pasaba la impresión y volvía a mi vida ordinaria, de tibieza, vanidad tonteras”

En esta época Conchita vivió en la hacienda de “ Peregrina”,  propiedad de su madre. Aprendió a ordeñar vacas, hacer quesos, y el pan; a montar a caballo y a enseñar a leer a las niñas de los peones. Nos cuenta que su madre le enseño a cocinar de todo y a llevar la administración de la casa. Era una vida tranquila y hermosa, pero yo vivía con el pendiente de Pancho, que estaba en San Luis. A veces sacaba su retrato para que viera ese hermoso campo. ¡Qué simple y que boba he sido siempre!”.

 

Por fin, cuando Conchita iba a cumplir 22 años ,  según la costumbre de aquellos tiempos, el Canónigo Francisco   Peña se presento ante los esposos Cabrera para pedir la mano de su hija a nombre de Pancho Armida. Y, después de casi 9 años  de noviazgo, el 8 de noviembre de 1884, Conchita contrajo matrimonio, en la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, la joya arquitectónica de San Luis Potosí.

Recordando a su esposo, Conchita escribe lo siguiente.

“Fue muy bueno: cristiano, caballero, recto, inteligente y con un gran corazón. sensible a cualquier desgracia, caritativo, cariñoso conmigo y excelente padre. No tenía más distracción que sus hijos. Eran su dicha y sufría mucho cuando se enfermaban.

Cuando nos casamos tenía un carácter violento. Pero era como la pólvora, luego pasaba el fuego y se contentaba, sintiéndose apenado. Pero, al cabo de algunos años, cambió tanto que su mamá y sus hermanos se admiraban. Yo creo que era la gracia de Dios y el continuo limarse, el pobre, con esta lija que soy yo.

Le tenía mucho miedo a la muerte. Cuando yo leía el Kempis, a menudo salía ese capitulo y el creía que yo lo hacia a propósito...

Cuando yo me enfermaba de gravedad, que fue en varias ocasiones, él me cuidaba de día y de noche.

Era un poco celoso y muy presumido. Pero ya para morir, me encargó que le pusiera un hábito viejo de San Francisco y que lo enterrara en segunda clase.

Antes de morir, hizo su confesión general: y su miedo a la muerte se cambió por un tranquilo abandono a la voluntad de Dios. Me dijo: Según yo, es el momento que más falta le hago a mis hijos.

Pero Dios sabe lo que hace y yo solo quiero su voluntad”.

 Conchita vivió casada 17 años y tuvo 9 hijos. Cumplió perfectamente su misión de casada, descubrió que, su verdadera felicidad habría sido una consagración total a Dios, en la vida religiosa. Esto no lo externó jamás. Lo dijo solamente a su director espiritual, y lo confió a su diario:

“Cuando conocí a las religiosas del Sagrado Corazón; sentí en mi alma una  santa envidia, a tal grado que, apenas acudía yo a esa capillita, las lagrimas acudían a mis ojos. Sólo Jesús podía ver el dolor de mi corazón al ver que ya no podía consagrarme Él.

Una vocación contrariada, con culpa o sin ella, es el peor de los martirios.

¡Quién me diera Jesús mío, vivir sólo para ti! Entonces si sería verdaderamente feliz”.

 El nacimiento del primer hijo, llenó de alegría a los jóvenes esposos. Nació el 28 de septiembre de 1885 y le pusieron el nombre de Francisco. Conchita hace este recuerdo. “Lo ofrecí al Señor de todo corazón. Su papá, luego que nació, se puso de rodillas sollozando y dándole gracias a Dios”. Luego sigue una página muy importante en su diario, porque señala el comienzo de una etapa de su vida espiritual.

 “Cuando contaba año y medio de casada (por mayo de 1886), comenzó el Señor, con más fuerza, a llamarme a la perfección. Desde entonces comenzaron las cosas extraordinarias”.

Las “cosas extraordinarias que comenzaron” a las que se refiere Conchita fueron dos visiones breves de Jesús, sobre todo la experiencia de la  presencia de Dios, llenándola y poseyéndola.

 “Hoy no sé qué escribir. No podría. Tales son las cosas que experimenta mi alma. ¡Ay, Dios mío, te has apoderado de mí de tal manera que creo que no me movería si tu no lo dispusieras!. No soy dueña de mis potencias, de nada. Tú lo llenas todo. Ah, mi Jesús, ¿por qué no arrancas el alma de una vez y te la llevas? ¡Ay, nada más la alborotas y la dejas aquí penando. No sé lo que querrás de mi, pero a todo estoy dispuesta. Mira, yo no aguanto esto que siento  tan extraordinario. Mi parte espiritual gana mucho, pero mi cuerpo se siente morir. La verdad es que no sé lo que me pasa. Solo sé que me duele el corazón”.

A lo largo de los tres años siguientes, continuó esta invasión de Dios en el alma y en la vida de Conchita.

Y el 28 de agosto de 1889, mientras ella hacia sus primeros ejercicios espirituales, el Señor le señala, por primera vez su misión.

“Un día, en el que me disponía con toda el alma a lo que Dios quisiera de mí, en el momento en que me hablo el padre, escuché claro, en el fondo de mi alma, sin poderlo dudar, estas palabras que me asombraron: TU MISIÓN ES SALVAR ALMAS. Yo no entendí cómo podría ser esto.!Me pareció tan raro y tan imposible!”

En otro momento comente cuáles fueron sus íntimos pensamiento:¿ Salvar almas yo, Señor? ¡Pero si ya ves que apenas puedo con la mía!”

Pocos días de estos ejercicios,  Conchita estuvo un tiempo en la hacienda de “Jesús Maria”; propiedad de su hermano Octaviano. Con ella iban los tres hijos que hasta entonces le habían nacido: Francisco, Carlos y Manuel. Estando allí, Conchita tuvo esta experiencia.

“Hoy andaba haciendo mi oración debajo de los árboles de la huerta y sentí deseos de llamar a nuestro Señor para que me acompañara. Él se dignó oírme, porque sentí su presencia junto a mí. Me puse a platicarle y sentí como si me aconsejara esto: Que lo llamara siempre, con mucha confianza, para que me enseñara a andar todo el día en su presencia. Que lo convidara desde la mañana como a un amigo; y que como a tal lo atendiera, le platicara y lo llevara a todas mis ocupaciones.

 Después se fue, y me quedé yo con un vacío inllenable. Al día siguiente lo llamé y así mucho tiempo y siempre venia.

Pero muchos ratos lo dejaba abandonado y mi voluble pensamiento se ocupaba en tonterías. ¡Perdóname Jesús adorado!.... Que llegue muy pronto el día en que no nos separemos jamás!”.

 El 29 de setiembre de 1890, le nació a Conchita una hija, que se llamó María Concepción.

Ese año escribe a su confesor, el Canónigo Francisco Peña:

 “He venido sintiendo una transformación seria y profunda. A veces me siento llamada a una quietud, a una especie de oración que no depende de mi. Sin pensar, sin leer, sin proponer nada al entendimiento, se me dilata el corazón, de tal suerte que no puedo explicarlo. Es una felicidad incomparable, señor Peña. Yo creo que así se debe sentir en el cielo, porque es sólo el espíritu el que se alegra , Mas no por si solo o cuando yo quiera, sino  que es un favor especial de Dios”.

 Se ve claramente cómo Conchita va entrando en la vida mística donde el hombre es pasivo en sus experiencias religiosas. Es Dios el que obra en él.

Al experimentar tantos favores del Señor, Conchita reveía así sus sentimientos.

“Que ni un momento se me ocurra tener vanidad. Son tesoros de Jesús. Son favores tan inmensos que, por su misma grandeza, me hacen titubear, porque comprendo mi nada.

Peri si Dios usa tanta bondad con sus enemigos ¿qué será para con sus amigos? Y si Jesús quiso bajar a un pesebre ¿por qué no habría de venir a mi pobre ser? Pienso que si Jesús hace favores a las almas santas también  lo hace a las necesitadas y miserables, porque es ilimitada su generosidad”.

 Pero no pensemos que la vida de Conchita estuvo llena de consuelos espirituales y de bonanza exterior. Dios siempre purifica y perfecciona a sus elegidos por medio de la cruz.

El 10 de marzo de 1893, murió su hijo Carlitos, de 6 años de edad.

La causa fue una fiebre tifoidea, que en aquellos tiempos solía ser mortal.

Cuatro meses después de la muerte de Carlitos, Conchita escribe:

“El tiempo de la prueba va pasando. Ha sido ruda y muy grande para mi debilidad. Primero penas morales, necesidades económicas, abatimiento. Después, ¡ay, mi Jesús”arrancaste de mis brazos a mi hijo, desgarrando mi corazón. Lo trasplantaste en el cielo, dejando en mi alma una herida que jamás cicatrizará . ¡Quién me iba a decir que él vería tan pronto lo que yo no he visto y a descorrer el velo de lo que yo no alcanzo a comprender! Yo te doy gracias por esta dichosa separación pero déjame llorar, Señor recoge estas lagrimas, que no son de sublevación a tu voluntad santísima, sino que brotan de este corazón de carne”.

Debido a todo lo que le estaba pasando, sobre todo a las gracias extraordinarias y a su deseo de santidad, Conchita sintió la necesidad de un director espiritual:

“Me nació mucha devoción al Espíritu Santo y le pedía un director que me comprendiera”.

Llegó el 8 de abril de 1893 y Conchita tuvo su quinto hijo, le pusieron Ignacio .

Poco después, un sacerdote jesuita que había llegado a San Luis, aceptó dirigirla espiritualmente, se llamó Alberto Cuscó y Mir.

Era un sacerdote sabio y santo, por orden de él Conchita escribió sus memorias, es decir todo lo que había pasado hasta entonces y también por orden suya, comenzó a escribir, diariamente, su cuenta de conciencia que, como dijimos comienza en octubre de 1893.

 Conchita escribe lo siguiente acerca del padre Mir:

“No he visto padre más incrédulo cuando se trata de cosas extraordinarias. Me dijo que le parece que todo es de Dios, pero que “me va a tener en cuarentena”.

Curiosamente, después se cambiaron los papeles: Conchita comenzó a dudar de si misma, pensando que todo podría ser una ilusión, una fantasía. Pero ahora era el padre Mir el que le aseguraba lo contrario. “Acerca de tus dudas te digo que no veo cosa que no sea de Dios. No lo dudes. Algunas veces, en cosas accesorias o accidentales mezclas algo de tu imaginación, como alguna vez te lo he dicho, pero esto tiene poca importancia. La realidad, la verdad la sustancia, es de veras de Dios”.

Un gran acierto del padre Mir, fue el darse cuenta del plan que Dios tenía para Conchita y dirigirla hacia esa meta:

“A cada alma, Jesús la destina a un fin y le da un carisma según ese destino: A San Francisco de Sales le dio paciencia y dulzura; a San Ignacio, un espíritu belicoso; a Santa Teresa, un espíritu emprendedor; a ti te quiere para el dolor y para el amor saturada de dolor y saturada de amor. este es el carácter distintivo de tu espíritu. Como de Cristo se dice que fue `varón de dolores ΄; tú serás también en cuanto cabe, por ser creatura, `mujer de dolores ΄; para imitar a la Virgen Santísima, tan llena de dolor...

Me parece claro que estás destinada para la cruz. No pienses más que en tu Jesús crucificado, consumido por la fatiga, saturado de dolor, acabado por la desolación. Éste sea tu pensamiento de aquí en adelante y éstas tus aspiraciones”.

Estamos ahora en el año 1894. Año muy importante: El 14 de enero, en un arrebato de amor y de generosidad, graba en su pecho un monograma con el nombre de Jesús. Con esto quiere expresarle al Señor que ella es propiedad suya; así había visto en las haciendas marcar a los animales, como propiedad de un dueño. Luego impulsada por el deseo de que todos se salven, repite una y ora vez: “¡Jesús, Salvador de los hombres...Sálvalos!” .

El 23 de enero hace una “Entrega total” al Señor, formulada por ella misma y aprobada por su director espiritual. En respuesta Jesús le da la gracia de los “desposorios espirituales”  Es una  gracia de orden místico, de la cual hablan San Juan de la cruz y Santa Teresa de Jesús (sexta morada). Consiste en una unión extraordinaria entre el Verbo Encarnado y el alma y es la preparación para otra gracia aún mayor que los místicos llaman “matrimonio espiritual” o “unión transformante”.

Acerca de este 23 de enero y de este momento extraordinario escribe:

“Yo estaba como sumida en una contemplación, sin moverme, entendiendo muchas cosas y con mucha profundidad, en las palabras que Jesús me decía. Él lo hacía todo. Me puso la mano en la cabeza: su mirada como que me bañaba : Y yo, pues nomás lloraba y lloraba. ¿Qué había que decirte si nada se me ocurría, sino aplastarme? Jesús me dijo:

 

Ahora sí, eres mi esposa y estás muy hermosa a mis ojos, con el velo de la inocencia y el vestido de la penitencia: Te amo mucho y ahora te pido que me llames Esposo.

No, Jesús eso no, porque me da vergüenza.

Pídeme lo que quieras, hoy no puedo negarte nada.

Te pido hacer siempre tu voluntad y salvar muchas almas.

Entre los días más felices de su vida , Conchita enumera el 4 de febrero de este año, porque en este hizo los votos perpetuos de pobreza, de castidad según su estado de casada y de obediencia a Dios y a los que lo representaban, para ella: su esposo, su madre su director espiritual, su Obispo.

(Tomado del libro "Pueblo Sacerdotal" de Ricardo Zimbrón Levy M.Sp.S.